Tuesday, May 26, 2026
Historia corta
El zumbido
El huevo es del tamaño de una uña. Blanco, sucio, pegado al nido con tela de araña y liquen. El nido cuelga de un alambre en el puesto. No es más grande que medio durazno.
A los 18 días se parte. No hace ruido. Sale una cosa pelada, ciega, con el pico demasiado grande para el cuerpo. Respira como si se ahogara.
El corazón ya late. 1200 veces por minuto. Es un motor chico prendido fuego. Si se toca con el dedo, vibra. Si se suelta, muere.
A las dos semanas le salen plumas. Verdes, pero del verde que no existe en la pintura. Verde de relámpago. Come elixir de flores. No es azúcar. Es nafta bendita. Hibisco, madreselva, salvia azul. Mete el pico, la lengua entra y sale 13 veces por segundo. Roba vida líquida.
Aprende a volar antes de saber que existe el suelo. El aire es suyo. Sube, baja, queda clavado en el mismo lugar como si lo hubieran colgado de un hilo invisible. Las alas no se ven. Son un zumbido. Un truco.
Caza al vuelo. Un mosquito pasa y ya no está. El pico es una aguja. No perdona.
El puesto está cerrado en invierno. Las chapas condensan frío. Pero el nido sigue ahí, atado al alambre. Vacío. Las arañas no lo usan.
En septiembre vuelve. El mismo. Otro. Da igual. Entra por el agujero del techo que dejó la sudestada del 19. Reconoce el olor a sal, a madera vieja, a óxido.
Se queda suspendido frente al reloj sin corazón. Lo mira. Dos bestias sin tiempo. Una con 1200 latidos por minuto. La otra con ninguno.
Toma elixir de la botella cortada que alguien dejó con agua y azúcar hace años. Ya no hay flores. No importa. La mística es que sigue volviendo.
El picaflor no sabe que va a morir en tres años. No sabe que su corazón es un fósforo. Solo sabe que el aire se puede parar y que el fuego se bebe.
Zumba y se va. El puesto queda vacío otra vez, pero el aire sigue caliente un rato más.
Wednesday, April 29, 2026
La Frontera
No está en los mapas. Está donde el mar se pelea con la tierra y siempre pierde.
Esa línea de arena mojada. De día la tapa el agua salada. De noche la devuelve el viento. Ahí no manda nadie. Ahí manda el gualicho.
El gualicho no tiene forma. Es el frío que sube por las piernas cuando la noche está cerrada. Es el ruido de las caracolas que suenan aunque no haya caracolas. Es la seguridad de que algo mira desde los médanos.
Los elementos no piden permiso.
La tormenta entra del sudeste sin golpear. El cielo se pone negro . El rayo cae en el agua y la luz queda flotando un segundo, como si el mar se prendiera fuego por dentro. Los viejos atan los toldos y no hablan. Saben que cuando truena así, alguien no vuelve.
El fuego aparece después. Lo prende el hombre, creyendo que domina. Fogón en la playa, leña de tala, círculo de piedras, el fuego le gana a la noche. La gente se acerca, se ríen. El mar ruge a diez metros pero no se anima.
Hasta que una ráfaga lo apaga. De golpe. Sin ceniza, sin brasa. Como si nunca hubiera estado.
El gualicho no sopla. El gualicho espera.
A la mañana siguiente la frontera sigue ahí. La arena está lisa. No hay pisadas. No hay restos del fuego. El mar y la tierra se separan otra vez con una línea de espuma sucia.
Y la frontera no le debe explicaciones a nadie.
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